Nunca es demasiado tarde para empezar a tocar el piano

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Aprender a tocar el piano es una de esas cosas que muchas personas dejan pendientes durante años. Quizá de pequeños no tuvimos la oportunidad de estudiar música, puede que empezáramos unas clases y las abandonáramos o simplemente descubrimos mucho más tarde que nos gustaría sentarnos delante de un teclado y ser capaces de interpretar nuestras canciones favoritas. Cuando somos adultos es fácil pensar que ya hemos llegado demasiado tarde, sobre todo cuando vemos a niños que llevan tocando desde edades muy tempranas, pero empezar desde cero sigue siendo perfectamente posible y no necesitamos tener experiencia musical previa para dar los primeros pasos.

La forma de aprender será diferente para cada persona. Algunos tendrán más facilidad para reconocer notas, otros entenderán rápidamente el ritmo y habrá quienes necesiten bastante tiempo para conseguir que las dos manos hagan cosas diferentes. Nada de esto debería convertirse en una competición. Tocar el piano requiere coordinación, lectura, escucha, técnica y práctica, de modo que resulta completamente normal que al principio tengamos que pensar detenidamente cada movimiento. Con el tiempo, muchas acciones que parecían complicadísimas comienzan a salir de una manera mucho más natural.

Una de las mejores formas de acercarnos al piano cuando somos adultos es olvidarnos durante un momento de hasta dónde queremos llegar. No necesitamos pensar en interpretar una obra complicada delante de otras personas. Podemos proponernos objetivos mucho más cercanos, como aprender una melodía sencilla, entender una partitura básica o conseguir tocar con las dos manos. Cuando alcanzamos esos pequeños objetivos empezamos a comprobar que realmente estamos avanzando y resulta mucho más fácil mantener las ganas de continuar.

La edad no debería ser el motivo para renunciar antes de empezar

Existe una idea bastante extendida de que la música debe aprenderse durante la infancia. Empezar desde pequeños ofrece más años para desarrollar habilidades, pero esto no significa que un adulto no pueda aprender a tocar por afición. De hecho, existen programas de enseñanza dirigidos a adolescentes y adultos que parten de conocimientos básicos y permiten avanzar poco a poco.

Una persona adulta también cuenta con algunas ventajas. Normalmente sabemos por qué queremos aprender y cuánto tiempo podemos dedicarle. Quizá llevemos años escuchando jazz, música clásica, bandas sonoras o determinadas canciones de pop y tengamos una motivación concreta. Esa conexión con la música puede ayudarnos a mantener la constancia cuando aparecen las primeras dificultades.

Lo que sí conviene evitar es exigirnos resultados demasiado rápidos. A los adultos puede costarnos aceptar que somos principiantes y que necesitamos tiempo incluso para aprender cuestiones básicas como colocar correctamente los dedos. Precisamente ahí comienza el aprendizaje, porque no saber hacer algo todavía no significa que no podamos aprenderlo.

Los primeros pasos pueden ser mucho más sencillos de lo que imaginamos

Cuando vemos una partitura llena de símbolos podemos pensar que necesitaremos meses solamente para comprenderla. Si además miramos las 88 teclas de un piano, la sensación inicial puede ser todavía más abrumadora. Sin embargo, nadie necesita aprender todo al mismo tiempo. Podemos empezar reconociendo las teclas, entendiendo dónde se encuentran determinadas notas y realizando ejercicios sencillos con una sola mano antes de avanzar hacia movimientos más complejos.

La postura también merece atención desde el principio. La posición de la banqueta, la altura respecto al teclado y la relajación de hombros, brazos y manos influyen en nuestra forma de tocar. Yamaha recomienda sentarse con el peso equilibrado, los pies apoyados, la espalda recta y los hombros y brazos relajados, además de ajustar la banqueta para que los codos queden aproximadamente a la altura del teclado. Son detalles básicos, pero aprenderlos correctamente desde el comienzo puede ayudarnos a tocar de una manera más cómoda.

Después llegará el momento de coordinar ambas manos, probablemente uno de los retos que más sorprende a quienes empiezan. Al principio podemos sentir que cuando una mano se mueve correctamente la otra deja inmediatamente de obedecernos. La solución suele pasar por reducir la velocidad, separar determinados movimientos y practicar pequeñas partes antes de intentar tocar la pieza completa. Nuestro objetivo inicial no debería ser tocar rápido, sino conseguir que los movimientos sean cada vez más claros y controlados.

Tener una orientación puede ayudarnos a avanzar de manera ordenada

Podemos aprender muchas cosas por nuestra cuenta gracias a partituras, vídeos y recursos digitales, pero cuando empezamos también es fácil adquirir hábitos que después tendremos que corregir. Una postura poco cómoda, una digitación innecesariamente complicada o una interpretación incorrecta del ritmo pueden pasar desapercibidas si todavía no tenemos conocimientos suficientes para identificarlas. Por eso algunas personas prefieren contar con orientación mientras adquieren las bases y después combinarla con su práctica personal. La experta y profesional Kristina, profesora de piano, explica que el aprendizaje puede adaptarse a diferentes edades y niveles, tanto para personas adultas que comienzan desde cero como para quienes ya cuentan con cierta experiencia. Durante este proceso entran en juego aspectos como la coordinación, la capacidad auditiva, la lectura musical, la memoria y la concentración. Esto nos ayuda a comprender que aprender a tocar el piano no consiste únicamente en memorizar canciones, sino en desarrollar poco a poco distintas habilidades que nos permiten entender mejor la música y ganar autonomía frente al instrumento.

También es importante que el ritmo de aprendizaje sea razonable. Dos alumnos que empiezan el mismo día no necesariamente avanzarán igual y eso no significa que uno esté aprendiendo correctamente y el otro no. Una persona puede practicar diariamente mientras otra solamente dispone de algunos momentos durante la semana. También pueden existir diferencias en experiencia musical previa, coordinación o facilidad para leer una partitura. Adaptar el aprendizaje a nuestras circunstancias resulta mucho más sensato que intentar seguir el ritmo de otra persona.

Practicar un poco con frecuencia puede ser mejor que esperar al día perfecto

Uno de los principales problemas cuando aprendemos de adultos es encontrar tiempo. Entre el trabajo, la familia, las tareas de casa y otras obligaciones podemos llegar al final de la semana sin haber tocado el piano. Entonces intentamos compensarlo practicando durante muchísimo tiempo un único día, pero terminamos cansados y frustrados. Por eso puede resultar más práctico introducir sesiones relativamente cortas dentro de nuestra rutina y aprovecharlas con un objetivo concreto.

No existe una cantidad de minutos que funcione exactamente igual para todo el mundo. Lo importante es que durante el tiempo disponible sepamos qué queremos practicar. Podemos dedicar unos minutos a ejercicios técnicos, trabajar posteriormente una parte concreta de una canción y terminar tocando algo que ya conocemos simplemente por disfrutar. Dividir la práctica evita que pasemos todo el tiempo repitiendo una pieza completa cuando en realidad solamente hay cuatro compases que nos están dando problemas.

Para organizar mejor una sesión podemos comenzar revisando nuestra postura y procurando mantener las manos relajadas antes de tocar. También resulta útil practicar lentamente aquellas partes que nos cuestan más, trabajar cada mano por separado cuando sea necesario y repetir fragmentos pequeños en lugar de empezar siempre la canción desde el principio. De esta manera podemos concentrarnos en las dificultades concretas y dedicar nuestro tiempo a aquello que realmente necesitamos mejorar.

Además, conviene prestar atención al ritmo y no centrarnos únicamente en tocar las notas correctas, reservando también algunos minutos para interpretar alguna pieza que simplemente disfrutemos. Incluso podemos terminar la sesión pensando qué nos gustaría continuar practicando la próxima vez. Una estructura sencilla puede hacer que una práctica relativamente corta resulte útil y nos permita avanzar de una forma más ordenada sin convertir el aprendizaje en una obligación pesada.

Leer música puede parecer complicado, pero se aprende progresivamente

La partitura es probablemente una de las cosas que más intimida a los principiantes. Vemos pentagramas, claves, figuras, silencios y otros símbolos que inicialmente parecen formar un idioma completamente desconocido. La buena noticia es que no necesitamos comprender todo ese lenguaje para comenzar. Podemos aprender unas pocas notas y figuras rítmicas, utilizarlas en ejercicios sencillos y ampliar nuestros conocimientos conforme aparecen nuevos elementos.

Con el tiempo empezamos a relacionar aquello que vemos con el sonido y con el movimiento que tenemos que realizar sobre el teclado. Este proceso puede resultar lento al principio porque estamos haciendo varias cosas simultáneamente. Tenemos que localizar la nota en la partitura, reconocer su duración, encontrar la tecla correspondiente y utilizar el dedo adecuado. Cuando repetimos ese proceso muchas veces, algunas de estas decisiones empiezan a producirse con mayor rapidez y la lectura se vuelve más fluida.

Tampoco deberíamos convertir la lectura en el único objetivo. Escuchar es igualmente importante. Podemos fijarnos en cómo suena una melodía, reconocer cuándo algo no encaja y empezar a identificar cambios de intensidad, ritmo o carácter. Los programas de formación de piano pueden combinar técnica, repertorio, armonía y entrenamiento auditivo, precisamente porque interpretar música requiere bastante más que reconocer las notas escritas sobre el papel.

Tocar con las dos manos es uno de esos retos que llegan poco a poco

Cuando vemos tocar a una persona con experiencia parece completamente natural que cada mano realice movimientos diferentes. Sin embargo, cuando intentamos hacerlo por primera vez descubrimos hasta qué punto necesitamos coordinación. Una mano puede llevar la melodía mientras la otra acompaña con notas o acordes, y nuestro cerebro tiene que controlar ambas tareas manteniendo además un ritmo estable.

Para trabajar esta dificultad podemos empezar practicando cada mano por separado. Cuando dominamos razonablemente los movimientos podemos unirlas a una velocidad muy lenta. Quizá durante los primeros intentos tengamos que detenernos prácticamente en cada nota, pero no pasa nada. Intentar acelerar antes de controlar los movimientos suele provocar más errores y puede hacer que terminemos practicando precisamente aquello que queremos corregir.

Poco a poco llega un momento especialmente satisfactorio en el que dejamos de pensar tanto en cada mano por separado. No ocurre de repente ni significa que cualquier canción vaya a resultar sencilla a partir de entonces, pero empezamos a notar que determinados patrones ya nos resultan familiares. Esa sensación demuestra muy bien cómo funciona el aprendizaje de un instrumento. Algo que durante las primeras semanas parecía imposible puede terminar convirtiéndose en un movimiento que realizamos casi automáticamente después de haberlo practicado suficientes veces.

Elegir canciones que nos gustan puede aumentar nuestras ganas de practicar

Aprender técnica es importante, pero si todas las piezas que practicamos nos resultan aburridas será difícil mantener la motivación durante meses o años. Una de las ventajas de empezar a tocar por afición es que podemos plantearnos objetivos relacionados con la música que realmente escuchamos. Quizá queramos aprender una canción de nuestra película favorita, una pieza clásica que siempre nos ha emocionado o una melodía sencilla que podamos tocar para nuestra familia.

Esto no significa que podamos empezar directamente por cualquier obra independientemente de su dificultad. Una canción que parece sencilla al escucharla puede requerir técnicas que todavía no conocemos. Lo que sí podemos hacer es buscar arreglos adaptados a nuestro nivel y avanzar posteriormente hacia versiones más completas. De esta forma conseguimos disfrutar de música reconocible mientras desarrollamos habilidades que necesitaremos para afrontar piezas más complicadas.

Personalmente, me parece mucho más fácil mantener una afición cuando existe una recompensa cercana. Pasarnos semanas realizando únicamente ejercicios puede ser útil técnicamente, pero escuchar cómo una melodía que conocemos empieza a salir de nuestras propias manos produce una satisfacción diferente. Esa pequeña victoria puede convertirse en la motivación que necesitamos para sentarnos otra vez delante del teclado al día siguiente.

El verdadero objetivo puede ser simplemente disfrutar aprendiendo

No todas las personas que comienzan a tocar el piano quieren convertirse en músicos profesionales y tampoco necesitan hacerlo. Podemos aprender porque nos gusta la música, porque queremos tener una afición diferente o porque siempre habíamos tenido esa curiosidad. Una vez eliminamos la presión de alcanzar un determinado nivel en una fecha concreta, resulta mucho más sencillo disfrutar de cada pequeño avance.

Con los meses probablemente podremos hacer cosas que al principio parecían lejanas. Leeremos determinadas partituras con mayor facilidad, coordinaremos mejor ambas manos y reconoceremos patrones que anteriormente teníamos que analizar nota por nota. También aparecerán nuevos retos y piezas que volverán a hacernos sentir principiantes. Esa sensación forma parte de aprender música, porque siempre podemos encontrar una técnica, un estilo o una obra que nos obligue a seguir practicando.

Nunca es demasiado tarde para empezar a tocar el piano porque aprender un instrumento no tiene por qué responder a una carrera contra el tiempo. Podemos comenzar a los veinte, a los cuarenta, a los sesenta o más adelante y plantearnos objetivos acordes con nuestras circunstancias. Lo verdaderamente importante es aceptar que necesitaremos paciencia, practicar con cierta regularidad y permitirnos disfrutar del proceso. La primera canción probablemente sonará muy diferente a como la imaginábamos, pero cada nota que consigamos tocar será una pequeña prueba de que empezar era mucho más importante que la edad que teníamos cuando decidimos hacerlo.

 

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