Volver al pueblo para empezar de nuevo: mi regreso al oficio de fresador

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Os voy a contar mi historia, primero porque creo que es interesante, y luego porque creo que quizás le puede venir bien a más personas. Os cuento que durante muchos años mi vida se desarrolló entre cuatro paredes, con un ordenador delante, reuniones interminables y los días pasaban como una rutina. Seguro que sabes de lo que te estoy hablando. ¿Verdad?

Me costaba mucho pensar en ello, pero era el momento de cambiar de rumbo. De dar uno de esos giros de 180 grados que luego la gente se queda con la boca abierta. Y como suele pasar en estas cosas, siempre volvemos a nuestro pasado. Hay una frase que me gusta mucho, que dice que “donde fuiste feliz, tienes que volver”. Y así es.

En mi caso, he crecido en un pueblo pequeño, rodeado de talleres, campo y gente que vivía de su oficio con las manos. Yo mismo había pasado muchas horas de niño en el taller de mi padre, viendo cómo trabajaba el metal y cómo manejaba la fresadora con una precisión que siempre me impresionó. La verdad es que son de esas imágenes que se te quedan marcadas.

Mi padre fue fresador toda su vida, una profesión que ahora mismo está en peligro de extinción. Es cierto que no era un hombre de muchas palabras, pero me enseñó mucho sin darse cuenta. De esas personas que nunca te dijo un te quiero, pero sabías que con su mirada y con su legado te lo estaba diciendo. Me dejaba observar, me explicaba para qué servía cada herramienta y, cuando fui más mayor, me dejó ayudarle.

Volver al taller

Un día tomé la decisión. No fue fácil ni rápida. Dejé la oficina, vendí el piso de la ciudad y volví al pueblo. Muchos pensaron que estaba loco, que abandonaba una vida cómoda por algo incierto. Yo también tuve dudas, pero sentía que tenía que intentarlo. Al volver, lo primero que hice fue limpiar el viejo taller de mi padre, que llevaba años cerrado. Mientras barría y ordenaba, iban volviendo a mi cabeza muchos de los conocimientos de fresador que había heredado de él.

Los comienzos fueron duros, eso no lo voy a negar. Tenía ganas, pero me faltaban medios. Las máquinas antiguas ya no servían para competir y sabía que, si quería hacer bien las cosas, tenía que invertir. Fue entonces cuando decidí comprar material nuevo. Una de las primeras y más importantes compras fue una fresadora de torreta LAGUN FTV4 con cabezal variable ISO 40, mesa de 1.370 mm, avances automáticos y equipada con cabezal mortajador y visualiza. La compré en Valcomaq, después de informarme bien y de hablar con profesionales que me dieron confianza.

Recuerdo perfectamente el día que llegó la fresadora al taller. Para mí fue como un punto de no retorno. Ya no había marcha atrás. Al principio me imponía respeto, pero poco a poco fui adaptándome a ella. Pasaba horas probando, ajustando, recordando técnicas antiguas y aprendiendo otras nuevas. Hubo días en los que salía agotado y con la sensación de no avanzar, pero también otros en los que un trabajo salía perfecto y me iba a casa con una sonrisa.

Al principio los trabajos eran pocos y pequeños. Algún agricultor que necesitaba arreglar una pieza, un vecino que traía un eje gastado o un soporte roto. Cobraba lo justo y muchas veces más por satisfacción que por beneficio. Aun así, cada encargo era una oportunidad para que la gente viera que el taller estaba vivo otra vez. Poco a poco el boca a boca empezó a funcionar.

Con el tiempo comenzaron a llegar trabajos más serios de fresador. Personas de otras empresas de la zona empezaron a venir para que les hiciera piezas que no podían resolver en sus propios talleres. Recuerdo especialmente una empresa de maquinaria agrícola que necesitaba mecanizar unas piezas especiales para una reparación urgente. Acepté el trabajo con algo de miedo, pero salió bien y eso me dio mucha visibilidad.

A raíz de eso, decidí hacer más compras y ampliar el negocio. Incorporé más herramientas, utillaje y material de medición. Reinvertía casi todo lo que ganaba, con la idea clara de crecer poco a poco pero con una base sólida. No quería correr más de la cuenta, pero sí ofrecer un servicio profesional y fiable.

Hoy en día vienen muchas personas de empresas de distintos sectores: metal, mantenimiento industrial, carpintería metálica e incluso talleres de automoción que necesitan trabajos de fresador específicos. He hecho desde chaveteros y ranuras hasta piezas únicas hechas a medida. Cada trabajo es diferente, y eso es algo que me motiva mucho.

Cuando echo la vista atrás y pienso en la oficina, en la ciudad y en la rutina que dejé, siento que tomé la decisión correcta. No es una vida fácil, trabajo muchas horas y hay meses mejores y peores, pero hago algo que me llena. He recuperado un oficio, he honrado los conocimientos de mi padre y he creado algo propio en el pueblo donde crecí.

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